
El peligro de calificarlo como una mala etapa
Cuando la incomodidad persiste no pide paciencia; pide comprensión.
En el mundo empresarial se vive muy rápido.
La inmediatez, las decisiones, las respuestas reactivas… están al orden del día.
Un día decidimos construir un proyecto, una empresa o dedicarnos a una profesión que recoge algo que llevamos dentro: el deseo de aportar nuestra mirada, nuestra energía, nuestra manera de hacer.
El dinero quizá no era la principal motivación, aunque siempre estaba presente la necesidad de sostener la vida que íbamos a emprender.
Empezamos a recorrer ese camino soñado y, casi sin darnos cuenta, nos dejamos atrapar por él.
Nosotros, que buscábamos libertad a través de ese proyecto, terminamos siendo prisioneros de aquello que habíamos construido.
Y como estamos acostumbrados a mirar más hacia fuera que hacia dentro, cuando atravesamos un umbral —algo que hacemos constantemente en la vida, aunque no siempre seamos conscientes— nuestra primera mirada suele dirigirse de nuevo hacia fuera.
«Esto es una mala racha.»
«Es sólo un pico de trabajo.»
«La tormenta ya pasará.»
Intentamos justificar algo que nos cuesta comprender, especialmente cuando mirar de frente lo que sucede podría llevarnos a cuestionar decisiones, relaciones o formas de vivir que hasta ese momento nos habían funcionado.
Solemos hacer un diagnóstico demasiado rápido.
No vaya a ser que perdamos un tren que, muchas veces, sólo existe en nuestra mente.
La fricción que no cede
El problema aparece cuando esa incomodidad persiste.
Cuando pasan los días, las semanas o incluso los meses y aquello que atribuíamos al cansancio, a una mala etapa o a un exceso de trabajo sigue ahí.
Entonces quizá convenga detenerse.
No necesariamente para cambiarlo todo, sino para comprender qué está pasando.
Vivimos en dos movimientos que se relacionan constantemente.
Uno es externo: lo que hacemos, elegimos, decidimos y construimos.
El otro ocurre dentro de nosotros: aquello que sentimos, intuimos y, en ocasiones, preferimos no mirar.
Cuando dejamos de escuchar este segundo movimiento, puede aparecer una distancia entre la vida que estamos viviendo y la persona que hoy somos.
Y esa distancia genera fricción.
A veces se manifiesta como cansancio que no se resuelve durmiendo.
O como ese insomnio en el que el cuerpo está agotado, pero la mente no deja de hablar.
Hasta que quizá aparece una comprensión sencilla:
no estoy solamente cansado; hay algo en mi manera de vivir que necesita ser escuchado.
Ahí puede empezar el cambio.
El quiebre como umbral
Ese momento de incomodidad puede convertirse en un umbral.
Y los umbrales forman parte de la vida.
Lo habitual es intentar parchear la situación para poder seguir igual.
También podemos utilizar la pausa para observar qué necesita ser comprendido o transformado.
En ambos casos podemos continuar.
La diferencia está en lo que ocurre después.
Cuando ponemos parches, la incomodidad puede quedar silenciada, pero no necesariamente desaparece.
Es como una patada a seguir, utilizando el argot del rugby: mejor lanzar la pelota hacia delante y evitar que aquello que nos incomoda nos haga un placaje y nos saque del juego.
Seguimos caminando.
Y quizá, más adelante, aparece una nueva situación, una nueva relación o una nueva circunstancia que vuelve a tocar el mismo lugar.
La historia cambia. La raíz, quizá no tanto.
Cuando utilizamos la pausa para comprender, el proceso puede resultar incómodo.
Porque observar de verdad tiene una consecuencia: empiezas a ver.
Y cuando ves algo que durante mucho tiempo no quisiste o no pudiste mirar, ya no resulta tan fácil ignorarlo.
Entonces la decisión deja de ser lo primero.
Primero comprendes dónde estás. Después puedes decidir qué hacer.
Y en muchas ocasiones lo que toca es soltar.
No porque soltar sea siempre la respuesta, sino porque quizá aquello que intentábamos sostener ya no tiene espacio en la persona que somos hoy.
La pregunta de fondo
Hay una pregunta que puede abrir un espacio diferente:
¿Qué estoy intentando sostener que ya se ha quedado sin espacio por dentro?
No es una pregunta para responder rápidamente.
Es una pregunta para observar.
Porque todos construimos un personaje. En buena medida lo hacemos para protegernos, para desenvolvernos en el mundo, para sentir que sabemos quiénes somos.
Pero la vida cambia. Y nosotros también.
Quizá aquello que en otro momento nos protegió hoy empieza a limitarnos.
Quizá aquello que nos dio seguridad se ha convertido en una carga.
Y quizá ese vacío que aparece cuando soltamos algo no sea necesariamente un problema que debamos llenar inmediatamente.
Puede ser, simplemente, el espacio que necesitábamos para escuchar.
La invitación por gravedad
Nada de esto significa que tengas que dimitir, vender tu empresa o tomar una decisión drástica.
Al contrario.
Antes de decidir, quizá sólo necesitas crear un espacio protegido y estanco para poder escucharte.
No necesitas que alguien te diga qué tienes que hacer.
Necesitas darte permiso para escuchar aquello que ya intuyes.
Quizá la respuesta no llegue inmediatamente. Quizá primero aparezcan más preguntas.
No pasa nada.
A veces avanzar no consiste en correr hacia la siguiente respuesta, sino en dejar de huir de la pregunta que llevamos tiempo evitando.
Y quizá ahí descubras algo que estaba mucho más cerca de lo que pensabas.
No necesitas convertirte en otra persona.
Quizá sólo necesitas volver a habitar la que ya eres.
Feliz domingo, feliz semana.
Seguimos caminando
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