
UN DOMINGO CUALQUIERA
Un domingo cualquiera, con tiempo libre que no siempre sabemos utilizar. Los pensamientos, sin forzarlos, se van a las tareas pendientes, los temas que han quedado sin resolver, las llamadas importantes que tienes que hacer. La semana por vivir se despliega, mientras el momento actual se escapa. Y con él, esa vida que un día quisiste compartir.
En un momento de lucidez recuperas el centro, y una pregunta ocupa toda tu atención: ¿cuándo apareció esta desconexión?
La mente divaga. Ves aquella cena que aparcaste porque tenías una reunión. Aquel fin de semana que decidiste aislarte de todos para poder trabajar en un asunto importante. Aquellas llamadas que evitaste porque estabas ocupado, y que hoy ya no recibes porque tus hijos aprendieron que no contestabas. Que estabas ausente.
Por momentos tu cuerpo se rebela. Intentas justificarte y te dices: «Lo hago por ellos». Pero automáticamente hay una voz que te susurra: ¿seguro?
La incomodidad se instala. Hay algo que no sabes nombrar. Tu mundo, el que tú has ayudado a crear, a menudo es solo un decorado que va perdiendo su luz. Y duele.
La fractura en las relaciones. ¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste de una salida con tus amistades, sin agenda alguna? La pareja que se convierte en un compañero de piso, mientras aquella llama que un día te impulsó te pregunta: ¿qué hiciste con ella? Los hijos, educados pero desconocidos. Y de repente tu mente te lleva a algún lugar del pasado donde tú también tenías inquietudes que no sabías resolver o que te generaban mil dudas. Y sientes una lágrima que se desliza por tu mejilla.
El salón, la cocina, las habitaciones, el jardín. Todo en su lugar y bien decorado. Pero sin vida. Sin calor.
Y el momento, como si quisiera encarnizarse con esos sentimientos, trae otra pregunta incómoda: ¿para qué he construido todo esto si ya no tengo a nadie con quien compartirlo? No de manera vacía, sino con esa plenitud que te impulsó aquella carrera.
Perseguimos la libertad, y la buscamos siempre fuera. El proyecto, la empresa, los utilizamos como si ellos, por sí mismos, fueran los que nos entregarían esa quimera. Mientras en el camino vamos haciendo renuncias, nos vamos traicionando a nosotros mismos. Y llega el momento en que esa libertad perseguida es, en realidad, la cárcel de la que no podemos salir. O al menos eso es lo que creemos.
No se trata de dejar la empresa. Se trata de cambiar el foco.
Perseguimos nuestros sueños. Cada quien les da la forma que quiere. Pero lo hacemos creyendo que es solo un tema nuestro, que solo depende de uno mismo. Y ese es el error que no vemos. Esa meta alcanzada, esa estabilidad financiera conseguida, ese acuerdo por el que tanto trabajaste… ya te hicieron prisionero. Mientras en el camino perdías tu centro.
El sol sale cada mañana. El mundo gira sin que tú hagas nada para que sea así. Y cuando antes dejes entrar en tu vida esa sabiduría que te sostiene, antes te darás cuenta de que todo lo que dispones en ella es solo un préstamo. Algo que tienes que aprender a administrar.
Los cambios nunca suceden de la noche a la mañana. Un cristal roto no vuelve a brillar cuando empiezas a recomponerlo. Pero sí puedes empezar con pequeños gestos. ¿Cuándo? Ahora mismo. Esta semana. Cada día.
Una cena sin móvil. Una conversación real. Un «te escucho» de verdad.
Además, quizás ese simple cambio de mirada permita que tus barrotes —esos que tú solo has construido— empiecen a desvanecerse. Y esa libertad que siempre buscas empieces a entender que solo se encuentra dentro de ti.
Empieza de nuevo. No necesitas romperlo todo. Solo necesitas… escucharte de nuevo.
Josep Maria
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