
Cuando el éxito pesa
Sabidurías ancestrales hablan de que el deseo es el motor que siempre nos mueve. En cambio, otras afirman que es el causante de tanto desorden. Parecen contradictorias. Pero una mirada más profunda revela que hablan de lo mismo desde lugares distintos.
Hay dos voces en nuestro interior. Una es más acalorada, se hace oír desde la carencia, provoca duda, fragmentación y siempre busca recibir para sí misma. La otra es más sutil, no fuerza, deja espacio para crecer y su objetivo es compartir lo que ya es.
También hay dos fuerzas que operan en nosotros. Una que nos empuja hacia abajo y otra que busca elevarse. El equilibrio siempre es el lugar idóneo. Podemos ver un árbol con sus raíces bien arraigadas a la tierra y las ramas que crecen desafiando la gravedad, buscando elevarse. El árbol es fuerte, y sobrevive a vientos, lluvias y tempestades.
La acción es la reina del mundo material. Y el deseo es su lacayo. Incluso si decides llevar una vida contemplativa, el deseo es el que te mueve. La ecuación se resuelve cuando entendemos que esas dos voces, esas dos fuerzas, forman nuestro libre albedrío. Podemos llamarlas ego y esencia. Aunque, en el fondo, quizás ambas solo expresan distintas formas en las que el alma intenta abrirse paso.
Aquí está el quid de la cuestión: saber distinguir cuándo el deseo surge de la carencia o surge de la esencia. En ese viaje nos transformamos, cometemos errores, nos desviamos; sin embargo, la vida siempre nos habla con su particular lenguaje para que volvamos a nuestro centro.
El desequilibrio exterior
Hoy en día hay un desequilibrio nítido: hemos perdido la conexión con nosotros mismos. Hablamos de la cultura del esfuerzo que imperaba en nuestros padres, abuelos… Sin embargo, esa cultura por sí sola no es suficiente: hace falta dotar a la vida de sentido.
De ahí que cada vez más personas estén cuestionando modelos que antes parecían incuestionables y buscando una forma distinta de sostener su vida.
La inmediatez con la que vivimos nos lleva a enfocarnos exclusivamente en los resultados, perdiendo de vista ese mundo interno que vive en cada uno de nosotros. Así nos desconectamos cada vez más de la vida y de su lenguaje, de sus mensajes.
Creemos que todo debe orientarse a evitar el sufrimiento, cuando en realidad el dolor es inherente a la vida, mientras que sufrir es una elección. Nos cuesta ver que es a través de trascender ese dolor como encontraremos esa plenitud que anhelamos. Y nos empeñamos en buscarla fuera, en lugar de buscarla en el único sitio donde la encontraremos: dentro de nosotros.
La ilusión del control en el tablero empresarial
El mundo empresarial no es ajeno a todo esto. Sin embargo, esa capacidad de crear, imaginar y manifestar, que es propia del ser humano, suele magnificar el desequilibrio de las personas que en él se mueven. La vida sigue enviando sus particulares mensajes, porque no entiende ni distingue los mundos en los que operamos.
Iniciamos el viaje con un deseo, con un propósito y, quizás, con un sentido. Sin embargo, mientras se avanza, se elige y se decide, y no siempre de manera alineada con nuestro centro. Esas decisiones están condicionadas por el entorno, pero sobre todo, por nuestros patrones inconscientes, nuestras heridas y las experiencias acumuladas que no siempre integramos, perdiendo la transformación que nos ofrecen.
Y llegan los silencios, la incomodidad, el agotamiento, los vacíos y también aquellas noches de insomnio repasando la agenda, los pendientes, y esas decisiones que parecían claras y ahora se tornan dudosas. Emergen miedos que creías superados. Buscabas la libertad que creías que te iba a dar tu proyecto, tu negocio, tu empresa, y descubres que, en lugar de eso, has construido una propia prisión. Con barrotes dorados, quizás. Pero prisión al fin y al cabo…
El paso más importante
Hay una máxima que puedes leer en muchas universidades: La verdad os hará libres. No obstante, si esta verdad la buscamos exclusivamente en el conocimiento, llegaremos a un lugar donde seguiremos sintiendo vacío. Quizás es momento de dejar entrar una espiritualidad práctica, aquella que está innata en nuestro ADN, fuera de dogmas que nos limitan y nos cortan las alas. Nos hemos dedicado a sobrevivir, olvidando la capacidad de VIVIR.
Es cierto que las preguntas más importantes rara vez aparecen al comienzo del camino. Suelen llegar después. Cuando el éxito ya no basta. Cuando las certezas empiezan a tambalearse. Cuando aquello que habíamos construido deja de sostenernos como antes.
Y quizás ahí descubrimos algo incómodo y liberador al mismo tiempo: que las respuestas que buscamos no suelen estar disponibles antes de empezar.
Porque el camino no consiste en encontrar respuestas para entonces actuar.
Muchas veces es al revés.
Primero damos el paso. Primero vivimos, elegimos, nos desviamos, caemos, volvemos a levantarnos… y es entonces cuando la vida empieza a revelar aquello que antes no podíamos ver.
Por eso quizás no se trata tanto de buscar fuera una nueva versión de nosotros mismos.
Quizás se trata de aprender a mirar hacia dentro.
No para alejarnos del mundo.
Sino para volver a entrar en él con más presencia, más verdad y más sentido.
Porque sin ese viaje interior difícilmente aparecerán el centro, la alineación o la paz que tanto perseguimos.
Como suelo decir en El Viaje de tu Vida: entre el tarde y el demasiado tarde hay un abismo.
Y empezar de nuevo siempre está a nuestro alcance.
Quizás el verdadero reto no sea reinventarnos.
Quizás sea integrarnos.
